ImagenLos electores, si así puede llamarse a la multitud que marca con x  las fotos de los candidatos como si de un ritual vudú se tratase y luego deposita papeletas en una urna como boletas en una rifa de bazar;  no salen de la comodidad de sus casas a la intemperie del domingo movidos por una convicción ética. Cuando no es el incentivo perverso de favores recibidos o la coacción de las maquinarias aceitadas, el voto que llamamos de opinión, es un reflejo de simpatías y afectos. Votamos por el que nos cae bien, o nos inspira confianza, por el que sabe decir las cosas que nos endulzan el oído. Y son las meloserías del lenguaje y los discursos, “las palabras que se las lleva el viento” las que inclinan ese voto hacia un lado u otro. 

El viejo argumento del “Mal menor” que han esgrimido columnistas y líderes de opinión en esta  cruzada por la paz, iniciada el 25 de Mayo, me parece un recurso perdedor y desafortunado, que ya demostró ser muy frágil en la contienda que enfrentó a Al Gore y Goerge Bush en el 2000. Nadie sale de su casa un domingo de fútbol a elegir por un mal, así este sea menor que el otro. La gente del común se toma la molestia de elegir siempre en forma positiva, es decir, cree con firmeza que la alternativa que escoge es la mejor y la más virtuosa entre las otras. Optamos por un restaurante por que lo consideramos bueno, no porque allí se sirva la comida menos venenosa, así sea un Mac Donalds o Burger King. Votar por el mejor candidato, por ejemplo, así a todas luces sea un desastre, será más plausible que votar por el menos malo. Por eso cuando pintan a Santos como el menos malo, o  un malo conocido, mucha gente, en la embriaguez del optimismo (natural de las decisiones) empieza a ver a Zuluaga como mejor candidato, así todos los hechos demuestren su carácter nocivo y su “mala leche”. Este efecto embellecedor del villano sucede porque la gente prefiere ver al monstruo como mejor (en términos positivos) que como el más malo. De ahí provienen las patológicas afecciones y simpatías por los villanos, los monstruos y los tiranos que caracterizan a sociedad inmaduras como la nuestra.

Este argumento del Mal menor tampoco es muy alentador para quienes nunca votarían por Zulúaga.  Puestos a elegir entre dos males, muchos pensarán: mejor no salir de casa. Sociedades como las Colombianas, arrastradas por una extraña pulsión de muerte, han elegido opciones a todas luces inconvenientes o autodestructivas porque sonaban bien  y envolvían a la gente en la ilusión de lo absolutamente bueno contra lo absolutamente malo. Para el elector no hay relativismos morales. Es preferible arrojarse al precipicio del horror creyendo en la bondad de ese acto, que optar por un camino, que se considera malo de antemano, así el otro camino sea peor. La disyuntiva lo único que hace es embellecer el camino siniestro, mostrarlo atractivo y sensual. Esa es la trampa de las elecciones.

Mientras no haya una verdadera transformación del sistema político en Colombia, que entregue el verdadero poder de decisión a la gente y la vuelva dueña de su destino como sociedad; mientras  el elector no  sea algo más que ese anónimo marcador de x sobre retratos y consignas, las elecciones serán las loterías sin fortuna en donde ganará la opción que mejor suena y no la menos mala.

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Presidente (aún) Juan Manuel Santos,

Tiene usted fama de ser un frío jugador de póker, como nunca me interesaron las cartas, ni se nada de póker, voy a suponer que también es un buen jugador de Ajedrez. Mucho me temo que no ha leído bien el juego que se le planteaba en esta primera vuelta electoral. Con un ánimo constructivo permítame repasar algunos de los movimientos que lo han puesto en jaque (a falta de que el Zorro de mate a la partida) Antes que nada quiero expresarle algo: en estas elecciones su principal enemigo ha sido Juan Manuel Santos, podría decirse que usted, que tenía todo para ganar, se derrotó a sí mismo. Si Zuluaga es el pírrico ganador de este primer tiempo no fue tanto por sus talentos como por los flagrantes autogoles de su campaña reeleccionista (dicho en clave futbolística que tanto le gusta a usted). Me explico: la votación de Z no es escandalosamente alta, considerando el antecedente de las elecciones parlamentarias y la inclinación uribista de un gran segmento de la población. En cambio su votación, señor presidente, es lánguida y no se compadece con su millonaria campaña (para no hablar de las cantidades navegables de mermelada) Su pobre votación se vio mermada por las dos mujeres en contienda. Los conservadores alrededor de Ramírez no le perdonan y los indignados atraídos por Lopez no le creen, sus insulsos coqueteos con la izquierda. Usted es un hombre de centro-derecha y salir a cazar mariposas lo distrajo sin duda de su propia naturaleza. Usted se empeñó en ser el adalid liberal contra la extrema derecha y no convenció a nadie, le dio espacio a López y perdió los votos del centro moderado, que se inclinó por Ramirez.

Su error fundamental fue centrar la contienda en La Paz. La ambición le impidió suspender o al menos aparcar los diálogos fuera de la campaña y esa tozudez puede ser su harakiri político, no sólo porque esta aún lejos de firmar el acuerdo y es torpe e irresponsable presentar La Paz como éxito del gobierno, sino, principalmente, porque le dio al uribismo la excusa perfecta para hacer lo que bien sabe: atizar de nuevo el fuego antiterrorista. Con su decisión de convertir el proceso de paz en slogan de campaña no sólo ha puesto el proceso en riesgo, usted que había sido tan prudente; también, como si fuera poco, ha servido en bandeja de oro la reelección, pintándole a U y a Z el escenario perfecto para el fétido discurso de la seguridad democrática. Una lección de historia reciente señor Presidente, usted le entregó a Uribe un segundo Caguan.

Otro error de cálculo evidente: al elegir La Paz como el tema central de su empeño, desperdició la oportunidad de abordar seriamente los temas que toda encuesta describe como las mayores preocupaciones del colombiano: empleo, educación, servicios y en esos rubros, mi querido presidente, ni siquiera fue Zuluaga el que le tomó ventaja, fueron Lopez y Ramírez las que ocuparon ese espacio, cada una en su orilla. Por cuestionable que sea el modelo económico en el que se enmarcan sus logros y por maquilladas que sean sus cifras de empleo y superación de pobreza, era mil veces preferible centrar la campaña en esas medallas, que en el incierto trofeo de La Paz. En el campo de la economía hubiera metido a Zuluaga, exministro de hacienda también, en un debate en el que usted tiene más peso. Otro error fue temer demasiado a Peñalosa, y despreciar a Lopez y a Ramirez. Estoy seguro que sus estrategas amermelados le sugirieron que era mejor enfrentarse a Zuluaga que a Peñalosa. Los resultados finales terminarían por confinar al ex alcalde en un lugar marginal e inocuo del paisaje. Usted pensó, ingenuamente, que confrontando a Zuluaga y ungiendolo como el enemigo de La Paz, la gente iba a salir a rodear de forma unánime el proceso. Es una candidez enorme pensar que el pueblo colombiano se iba a identificar masivamente con la posibilidad de ver a las FARC vestida de civil y absuelta en la vida pública. Si bien la gran mayoría de los colombianos quiere La Paz, eso no quiere decir que deseen salir defenderla, entre otras cosas, porque la gente, por ignorancia o resentimiento, considera que el proceso favorece más a las FARC que a ellos mismos. Una cosa es querer La Paz y otra muy distinta es defender un proceso de paz en las urnas.

Pero esta no fue la única candidez de su estrategia. Cayo redondo en el juego de Uribe y en su urgencia por responder a la confrontación realzó a Zuluaga como contendor. Lo asocio con las prácticas sucias de su antecesor, apurando unos vídeos, unos testigos, unas grabaciones que lo vinculaban con las Chuzadas y el espionaje contra el proceso de paz. Estoy seguro que Zuluaga se vio con el hacker y que es capaz de eso y muchas cosas más. Lo que no tuvo en cuenta es que en Colombia la indignación contra un acto perverso o corrupto nunca se ha manifestado en las urnas. El colombiano es muy indulgente con su voto. Es más dudo mucho que la gente esté consciente de la gravedad de lo ocurrido en esa oficina gris y tengo la triste sensación de que a gran parte de mis paisanos no le importa si el proceso de paz es chuzado, si la oposición y los activistas son espiados, siempre que esto garanticé su idea de seguridad nacional y justifique la derrota de los “bandidos” de la guerrilla.

No quiero seguir enumerando sus movimientos en falso, creo que los que acabo de señalar son sus errores más prominentes y una reflexión en torno a ellos podrían sugerirle algún camino que lo recomponga. Un consejo, por favor, no saque de la copa del sombrero más vídeos con Andrés Sepúlveda, ni tampoco apresure como por arte de magia el acuerdo de un subpunto con las. FARC.

Por cierto, Otro que debe estar lamentándose juntó a usted es el señor Gustavo Petro. Los guiños que le hizo, sopretexto de apoyar La Paz y la adhesión de los progresistas a su campaña, no surtieron efecto alguno y el espacio de la izquierda indignada fue capitalizado por Clara López. Mejor le iría a Petro si no hubiera sido comprado por el favor que le hizo de regresarlo a Lievano. Mejor le iría a la izquierda unida, progresistas, alianza verde y polo. Quizá podrían sentarse con usted y proponerle un gabinete de coalición, con ministros de izquierda en carteras clave, ambiente, educación, agricultura, salud.

Bueno señor presidente aún. Que duerma bien. Mañana será otro día,

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Todo lo que he leído de García Márquez  fue editado bajo el sello de “Oveja Negra” estimulante imagen para un lector sin disciplina como yo, descarriado y ávido de lecturas prohibidas. Hace más de 10 años que Oveja Negra no se dedica a la edición de obras literarias, sin embargo  es la editorial colombiana que más   títulos de narrativa ha editado jamás  y su papel, nunca mejor dicho, fue de enorme importancia para la divulgación de autores latinoamericanos en la segunda mitad del Siglo XX.   “Los versos del Capitán”  “Los Adioses”  “Historia Universal de la Infamia” “El perseguidor” “La ciudad y los perros” son ejemplos de los volúmenes que se imprimieron en un taller de Bogotá, con el timbre gracioso de una oveja oscura y saltarina, encaramada en el lomo de los libros, recordándonos que todo lector tiene algo de hijo maldito, de rebelde sin causa.

Pero Oveja Negra no tendría  el significado especial que tiene para mi sino fuera por mi Abuelo. Como quien te presenta a sus amigos entrañables, mi abuelo  me introdujo con los libros al universo  de varios autores, entre ellos y de forma especial al de García Márquez. Costeños los dos, hijos del esplendor e infortunio de la zona bananera, tenían muchas cosas en común. Como estudiantes de la Universidad Nacional por la misma época, testigos del Bogotazo y del incendio de sus pensiones universitarias, alguna vez, mi Abuelo y El Gabo, compartieron  los mismos  miedos y euforias de la metrópoli.

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Recordando las anécdotas que me contaba mi abuelo, en la sobremesa del almuerzo;  cadenciosas, como arrullos que te envuelven, que terminas creyendo, aunque sean absurdas y que te hacen reír a carcajadas de la vida, puedo decir que la voz de mi abuelo; andaluza, africana, frutal, es la misma voz de Gabo. Al menos para mí.

Su amor por la literatura era juvenil y obsesivo, dormía muy poco, a lo sumo 3 horas por noche, así repartía su insomnio entre libros de medicina, (sobre todo psiquiatría)  teatro, poesía, novela (sobre todo rusa) y la lectura sonámbula de los diarios, incluyendo las esquelas funerarias y los clasificados de empleo. De esa voracidad lectora se aprovechaban los vendedores de  libros, en especial el agente domiciliario del Círculo de Lectores, que siempre lo visitaba de manera inoportuna cuando estaba viendo el Noticiero de las Siete. Curioso sobre las novedades del catálogo no era capaz de despachar al librero y lo hacía pasar a regañadientes. Gracias a la impertinencia de este vendedor llegaron a la casa los ejemplares de Nobel, todos editados por la editorial bogotana, en conmemoración de la entrega del premio en 1982

Mi primer encuentro con García Marquez fue a hurtadillas, cuando tenía 10 años de edad. Pocas cosas llamaron más mi atención de niño que el título de un libro: “Crónica de una muerte anunciada”. Lo descolgué de la biblioteca y me lo lleve a un rincón de la cocina mientras mi abuela preparaba el almuerzo. Entonces el inicio acabó por atraparme “La mañana que lo iban a matar Santiago Nasar… ” la suerte del personaje, su nombre y apellidos, se enredarían con mi suerte de lector inadvertido. Antes que llegara hasta la linea soez  “pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros” mi abuelo llegó a la cocina y me explicó que aquella lectura no era conveniente, que pronto estaría en “edad de merecer” esa  y otras lecturas y que había muchas cosas que no podría entender. Retiró de mis manos el ejemplar y se lo entregó a mi abuela escandalizada con la portada: la fotografía de un cadáver envuelto por una sábana gris, del que sobresalía una bota de cuero  y  una mariposa sobrevolando el cuerpo inerte. Raptado por una intensa curiosidad de saber los pormenores de aquella muerte, desobedecí la censura de mi Abuelo, extraje el libro del delantal de mi abuela y me encerré en la habitación de mis tías, donde había una mecedora que daba a la ventana del patio. En una tarde lluviosa supe que todos, incluyéndome, sabíamos que lo iban a matar (en circunstancias que se escapaban a mi comprensión) pero nadie había hecho nada para evitarlo. Años después en uno de mis cumpleaños mi abuelo me regaló el libro, con una dedicatoria que reveló las verdaderas intenciones de su  prohibición: “para que lo releas”  Ese día me di cuenta que no hay cosa mejor para estimular la lectura que prohibirla de vez en cuando a un niño curioso.

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El segundo encuentro con García Márquez fue también a instancias de mi abuelo. Ya había leído la compilación de sus relatos, recogidos bajo el título: “Todos los cuentos” en una edición muy barata hecha con papel periódico y tinta  burda que en ocasiones parecía un panfleto; pero que fue muy popular en la época, ya que todos los colegios la pedían en la lista de libros y utensilios escolares.  Lo leí en unas vacaciones, de un tirón, en dos o tres días.  Sólo tenía que leer uno de los cuentos para la clase de Español, pero de nuevo la cadencia y  el rumor de las historias me fue atrapando como cuando mi abuelo me sentaba en sus piernas a hablarme de su amigo “El Mico” o de las travesuras con su hermano “Pepé” en los años en que la bisabuela remendaba la ropa de los obreros de la United Fruit Company.

La lluvia del trópico, que ha acompañado siempre  mi vida de lector, se acompasó con las lluvias interminables de Macondo y para repetir sus músicas celestes,  acostado en la cama de mi cuarto, leía en voz alta “El Invierno se precipitó un domingo a la salida de misa”. “El Monólgo de Isabel viendo llover” podía ser el monólogo de cualquiera de las mujeres de la casa, mi madre, mis tías, mi abuela, todas cuidando el cosmos frágil del hogar. Cuando terminé el último cuento, “La triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada” entré en pánico: Gabo se había convertido en un Dios tutelar que no quería dejar ir, quería más y más de él y sentí la urgencia por leer todo lo suyo.

Ya tenia edad de enfrentar una de sus grandes novelas. Intenté por supuesto con “Cien años de Soledad”  pero algo en su enumeración maravillosa me sacaba de la corriente antes de las primeras 100 páginas. Así mismo se me resistían  “El general en su Laberinto” (Bolívar no me interesaba en lo más mínimo) y “El Otoño del Patriarca” (me sentía como aguantando la respiración bajo del agua cuando la leía) La única novela de Gabo que quedaba en la Biblioteca de mi Abuelo era “El Amor en los tiempos del Cólera” Se trataba de la primera edición del libro  hecha por Oveja Negra. Pasta dura, azul marino,  una portada de color amarillo y la figura de un barco de vapor sobre un río imaginario. Yo quería abordar ese barco, zarpar en la lectura, lejos, a donde fuera. Pero acceder a esa obra no era fácil ya que hacía parte de los libros de cabecera de mi abuelo, de los que siempre lo acompañaban en la mesa de noche, cerca de las pastillas y los “Fututos” como él llamaba a los inhaladores de cortisona con los que conjuraba el asma bronquial o “el gato que llevó en los pulmones” solía decir.

Mi abuelo consultaba ese libro amarillo muy a menudo, quizá se sentía identificado con él dr Juvenal Urbino. Se reía mucho de la escena en la que este enseñaba francés a los loros y volvía una y otra vez sobre la primera parte de la novela. Sabía que la muerte llegaría de la manera más inesperada, como le  llegaría al propio Urbino, mientras alimentaba a sus pájaros, curiosa forma de morir para aquel que había combatido con tanto ahínco la epidemia del Cólera. Para llegar al libro tenía que pedírselo personalmente: “Abuelo quiero leer “El Amor en los Tiempos del Colera” “¿Por que?” me pregunto sugiriendo que podía empezar por otras novelas, yo respondí con una seriedad absoluta: Porque estoy enamorado.

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Para poder leer el libro tuve que fingir mi primer amor a los 13 años, por una doncella de apellido Lorenzo, que estudiaba conmigo, una morena alta, que era lo más parecido a Fermina Daza que había en el Colegio. Cuando abrí “EL Amor en los tiempos del Colera” por primera vez me di cuenta que mi abuelo lo había leído varias veces en los 10 años que llevaba publicada la novela. Tenía todo tipo de rastros de lectura, notas ininteligibles, pedazos de papel, billetes de 500 pesos, papeles de lotería, marcas en la punta de las hojas. Al leerlo me sentía como recorriendo con él un mismo viaje. Terminé enamorado de Fermina proyectada en la niña de mi salón, soñando con la posibilidad de seguir amándola hasta la muerte. Con ese libro supe de manera certera  que una noche cualquiera, en el momento menos esperado,  una mujer sin rostro  me arrebataría la inocencia de mi sexo en un cuarto oscuro, como le sucedió a Florentino. Por eso debía estar siempre alerta.

El último encuentro con Gabo estuvo marcado por la enfermedad de mi abuelo. En otra de sus tantas alusiones literarias él me nombró su Lazarillo. Durante los últimos años de su vida yo me había convertido en  fiel escudero y le cuidaba la espalda cuando salia a hacer “sus vueltas” Lo acompañaba cada més a cobrar el cheque de la pensión en  “La asociación nacional de médicos pensionados” en donde se reencontraba a sus colegas y me presentaba como su secretario, yo me sentía importante:  aprendí a estrechar la mano  y saludar con la elegancia y calidez de un caballero. Pasaban los meses y cada vez encontraba menos amigos en la fila de jubilados y entonces decía “Nos estamos muriendo todos, llegará el día en que en Colombia no quede un sólo pensionado vivo”  El solía decir cosas propias de un Nostradamus del caribe, que luego he ido encontrando en los libros de García Márquez, como “no somos del lugar donde nacemos sino donde yacen nuestros muertos”  Cuando nos llovía en alguna de las diligencias exclamaba “Esta lluvia menuda pero persistente” Un día, agotado ya no pudo andar más, perdió el apetito y suspendió su amor por los libros. Yo, su secretario, le leía el periódico todos los días,  incluyendo esquelas funerarias y clasificados de empleo. Cuando me quedaba a velar su sueño, siempre tenía un libro conmigo, para ver si se antojaba de leerlo.

Recuerdo que la última vez que pasé una noche con él estaba leyendo “El coronel no tiene quien le escriba” que era parte de una colección hermosa de grandes autores de la literatura Latinoamericana, estaban Cortázar, Borges, Fuentes, Onetti, Donoso, Neruda, y esa pequeña obra maestra que es la historia del hombre que espera su pensión después de haber entregado la vida a la patria. Mi abuelo estaba muy enfermo y pasaba noches delirantes y con sobresaltos dolorosos. En un instante de lucidez y ausencia de dolor me pidió que lo acomodara para beber un poco de agua y me preguntó qué leía “El coronel no tiene quien le escriba” mi abuelo sonrió complacido “Leáme en voz alta, desde el principio”   Entonces me devolví a a la primera página y le leí “El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más que una cucharadita…” me aseguré que me prestara atención y me indicó que siguiera.

Serían las 3 de la madrugada de una noche de enero de 1999 cuando mi abuelo y yo emprendimos la última lectura juntos.

Con la muerte del enorme García Márquez he podido escribir estas palabras que son nada comparadas a la grandeza de la obra del autor de Aracataca, pero son todo para mi y ese hombre ejemplar que me enseñó el amor a los libros y a contar historias para sobrevivir “a la trampa de la muerte”

Como muchas otras cosas en Colombia, mi padre nació  el 9 de abril de 1948, una tarde lluviosa, cuando las noticias de la muerte de Gaitán habían llegado al pueblo. La Dorada era entonces un caserío ardiente  a la orilla de Río Magdalena,  no había aguas diáfanas, ni huevos prehistóricos; fluía el dinero, el contrabando y las putas  como en cualquier puerto y su Estación de Tren era un lugar de paso obligado para todo aquel que atravesara el país.

Ultimo de 4 varones, mi papá vino al mundo inocente de todo lo que pasó ese día. Entre las gentes del pueblo gaitanista  los únicos que celebraron en silencio aquella noche fueron sus padres. Aunque Don Matías Henao, liberal radical, domador de caballos, administrador de fincas, comerciante, enfermero, lector voraz de novelas de vaqueros; no aparece en los libros de historia,  fue uno de los fundadores silenciosos de La Dorada, que era entonces uno de los feudos más fieles a las ideas Gaitanistas. Ese día  mi abuelo se repartía entre la pérdida del líder, el dolor del parto  y la urgencia revolucionaria del momento.

Los primeros años pasaron y mi papá empezó a  darse cuenta que su cumpleaños era una agridulce ambigüedad, mientras celebraba con sus hermanos, los grandes hablaban de las reminiscencias de una revolución frustrada y de la necesidad de luchar de nuevo. A la vez que se comían fríjoles caldenses, en honor a su natalicio,  conmemoraban el día en que se jodió el país.

Cuando tuvo clara conciencia de todas estas circunstancias, a los escasos 15 años, escuchó como por revelación el llamado a ser un hombre libre, más allá del Estado o la Ley, aunque en ese momento no sabía exactamente qué significaba eso. Sin leer un sólo libro de Bakunin, o Kropotkin (en La Universidad ya habría noches en vela para leerlos) inspirado en una crónica sobre Buenaventura Durrutí, que leyó en un diario en Manizales, mi papá se hizo anarquista.  Empuñó su arma invisible, adolescente: un tierno anhelo de justicia.

 

No estoy de acuerdo con la expresión “mis amigos se pueden contar con los dedos de una mano” ya que en las manos de un solo hombre se puede hacer la cuenta del infinito. Los romanos, por ejemplo, usaban el movimiento de los dedos para representar su compleja numeración. No obstante si la idea más extendida de aquella frase es señalar que uno a lo sumo tiene 5 amigos, adhiero a ese vulgar significado, pero sin abrigar sentimiento alguno de escasez.

Mis amigos, así sean 5, podrían asaltar un cuartel, crear un nuevo paradigma de las ciencias, una vanguardia pictórica, un poema del silencio o una sinfonía para felinos y tras la revolución organizar una fiesta legendaria cuya resaca sería tan larga y soleada como una nueva infancia. Mis amigos son los primeros pobladores de un país que me he inventado, mezcla de utopía y pesadilla, una playa de anarquistas, un barco de locos, un carnaval todos los días. Son pocos pero suficientes para refundar el mundo después de los naufragios, para burlar la siniestra trampa cotidiana, para luchar todas las batallas y reírse de todas los fracasos. Pocos pero son mi patria, son como mi mano al escribir.

 

  1. El físico

Siempre lo consideré un aventajado. Cuando nací él había estado en el planeta por más de un año y ya  tenía algunas conjeturas sobre el mundo,  es probable que entonces supiera algo que suele decir con frecuencia: “Toda situación es susceptible de empeorar” Ya desde bebé era un candoroso pesimista. Al año había realizado varios experimentos en el laboratorio en el que crecimos, es decir,  la casa de los abuelos. Todos cuentan que era curioso y antes de meterse las cosas en la boca, las tocaba de forma analítica, como si las midiera, como si desconfiara de ellas. Tan pronto nací me incorporé como número 2 en su equipo de investigaciones inauditas. Nuestro método tenía dos pilares: error y ensayo y error otra vez y la resolución de usar la voz sólo para hacer preguntas, por absurdas que fueran Así cometimos todos los errores e hicimos todas las preguntas que se le perdonan  a los niños y a los locos.

Luego vendrían los funerales y las plegarias, las cenizas y las flores de domingo. Cambiamos el asombro por todas las cosas y nos situamos en la indiferencia a todas las cosas. Mientras tanto nuestros cuerpos mutaban, como Gregorio Samsa pero todo el día, no sólo en la Mañana.   Renunciamos al deporte, de hecho destruimos las canchas de fútbol del barrio, revaluadas todas las teorías de la lactancia, nos matriculamos en la escuela de la calle. No nos aceptaron en ninguna pandilla o tribu, en ninguna era de buen recibo mi obsesión por tener un libro, el que fuera, entre las manos y la impecable lógica de mi compañero, que dejaba en evidencia la idiotez y alienación de todo grupo.

En busca de un lugar que nos acogiese cruzábamos las fronteras del barrio y nos mezclábamos en “El Codito” comuna obrera, a pocas calles de la casa de nuestra abuela, que ya por ese entonces era viuda. Allí nos hicimos jugadores de billar, apostando lo poco que nos quedaba de mesada, con verdaderos tahúres y maestros. Las tres bandas fueron nuestra escuela de la vida, pasábamos horas haciendo hipótesis sobre el movimiento de las esferas al chocar entre si, en carambolas imaginarias, que casi nunca se daban. Con una vocación de “marranos” perdíamos con la frente en alto las mas de las veces y nos íbamos a beber la derrota a una tiendita esquinera, cuando la cerveza era a 500 pesos. Las rockolas, las ranas y la algarabía del barrio, potenciaban el efecto del alcohol.

Si nuestros padres fracasaron en su intento de liberar a los proletarios, con sus ideas de revolución y lucha de clases,  nosotros decidimos emborracharnos con ellos, jugar sus juegos, bailar sus músicas y desear a sus mujeres. Luego volvíamos sin consciencia a dormir la borrachera y esperar el desayuno reparador de la abuela, en ese sopor en el que seguimos cocinando nuestras teorías sobre este mundo gris y desconocido: El Guayabo.

2. El Músico

Porque aguantábamos hambre durante los recreos de la escuela para comprar álbumes de Pink Floyd en los bulevares del centro, llenos de gente rara y malacarosa. Porque leíamos a Balzac y a Dostoveski en el extratiempo del insomnio. Porque yo empecé a escribir en “El gato eléctrico” un cafecito que ya no existe, mientras él aprendía a conjurar el demonio que duerme en la cola de los pianos. Porque ya tuvimos las conversaciones que tiene un adulto que agoniza, mientras los otros jugaban  canicas. Porque 15 años después  me hospedó en su casa en Berlín, una cajita de música con un pájaro adentro (el pájaro es él componiendo) Porque Compartió conmigo su jardín con la ropa colgada al alambre y algunos recuerdos de su infancia colgados también. Porque me consuela pensar que hay alguien que esta esculpiendo en el silencio una escalera que sube a “las terrazas sin tiempo” de Rayuela, de aquel capítulo que leímos al amanecer cuando no teníamos barba ni deudas, en una casa en Silvania por allá en 1997.

3. El Hacedor

Ya éramos amigos, (también había estado en Silvania en el 97) cuando hicimos nuestro trabajo social “voluntario”. Entonces nos encomendaron la misión de clasificar el monumental arrume de libros antiguos que se amontonaban detrás de la biblioteca escolar. Se trataba de un rincón al que ningún estudiante del colegio había entrado antes. Los libros provenían de la antigua sede del colegio y se los había apartado para dar lugar a las ediciones más recientes Al rededor de esa montaña de libros nos encontrábamos todos los días y revisábamos en la penumbra viejas páginas como mundos esperando ser quemados en la hoguera de una nueva inquisición.

¿Quién sabe cuántos incunables tuvimos entre manos, sin saber que eran incunables? ¿O cuántos libros que parecían incunables, aunque no lo fuesen (no estoy seguro que es exactamente un incunable) Libros olvidados algunos escritos en Alemán o en Inglés, publicaciones del s XVIII,  XIX y principios de XX. Permanecer ahí, en esa bodega, una noche entera, hubiera sido de más provecho que los años que pasamos en las aulas.

Yo acaricié las cuidadosas antologías de la editorial Grolier Jackson, en especial una sobre relatos policíacos, prologado por un tal JLB, las iniciales de un ciego lector que me encontraría muchas veces en mi vida. Mi amigo encontró libros de arquitectura, artdeco, anatomía forense. Para facilitar la tarea de clasificación nos llevábamos algunos ejemplares a la casa y los devolvíamos con sus fichas de préstamos, listos para ser parte de la colección. Aunque sabíamos de sobra que la bibliotecaria, una mujer rancia como pocas, no pondría en circulación muchos de ellos por considerarlos raros y anticuados. Además la mayoría tenían hojas carcomidas por el tiempo, las polillas, o los hongos, que son devoradores consumados de libros viejos.

No tardamos en hacer nuestra primera fechoría, prometimos extraer en secreto libros que sabíamos no iban a ser del interés de nadie más que de nosotros, seguros que no había en las instalaciones del colegio otros desadaptados que pudiesen sentirse atraídos por títulos como: “Enfermedades mentales de las señoritas” “El sistema penitenciario alemán” “Los jardines de los príncipes del renacimiento” También hurtamos otros títulos más universales como “Los cuentos de la Alhambra” y alguna colección de expresionismo Alemán, porque su estado era lamentable y queríamos salvarlos de la ignominioso cuarto de basuras.

Eso que en realidad era un robo menor e inocente nos envolvió poco a poco en una trama más oscura de robo al interior de la Biblioteca. Un personaje siniestro que fumaba pielroja (el mismo parecía un pielroja) fue contratado para trabajar en la Biblioteca. Diez años mayor que nosotros, este personaje urdió el desfalco de libros más grande en la historia del Colegio. En su mochila arhuaca desaparecieron colecciones enteras, sobre todo de poesía y literatura hispanoamericana, recién adquiridas por la Institución. Claro, nadie sospecho de el recién llegado. Mientras los vendía en la Av Jiménez, o los cambiaba por hojas de hierba (y no me refiero a al libro de Withman) nosotros nos convertimos en los principales sospechosos del escándalo.

La coordinadora de disciplina al corriente de la situación  Llamó a nuestros padres. Conocí entonces a Denise y a Sinforoso, y él a Rita y Alberto, nuestros padres rogaron al unísono para evitar una inminente expulsión. No se cómo logramos seguir en el Colegio, creo que fue con más trabajos forzados en la biblioteca. Permanecimos un año más clasificando libros. Los dos coincidimos en que aquel era un oficio feliz. Nos enamoramos de un par de lectoras que visitaban la biblioteca  con sospechosa frecuencia y guardamos el secreto del ladrón de libros como tumbas,

A decir verdad ese personaje nos atraía mucho, proyectaba cierta malicia ya curtida, ya cicatrizada, que atrae a todo adolescente precoz, como éramos nosotros. Creamos una especie de club de lectura nocturno, en una casa  fantasmagórica de Chapinero, donde nuestro pendenciero amigo rentaba una habitación. La casa era propiedad de una logia masónica que se reunía los martes. Una noche de embriaguez, ad portas de nuestro grado, profanamos los objetos de la secta, usamos sus capas rojas, sus copas sagradas, sus pirámides y signos auspiciosos y nos vomitamos encima de todo ello. Al otro día la vida siguió su curso.  Al poco tiempo nos graduamos, entramos a la Universidad Nacional (una institución fundada también por masones) Hicimos parte de un manicomio llamado Facultad de Artes, aturdidos hasta la risa por nuestras experiencias con mujeres, marihuana, y clases alucinantes de Historia del Arte.

4. El fotógrafo.

Hace unos días quedamos para ir a Cine, a ver lo que fuera, en Av Chile se puede ir a ojo cerrado, alguna película de los “Hermanos Cohen” o  de sus incontables imitadores alrededor del mundo, en el peor de los casos coincidir con la última de Woody Allen, al fin y al cabo lo importante era vernos, qué más da. Tengo la mala costumbre de hacer esperar a los amigos. Una definición plausible de amigo: aquel al que puedes esperar por horas y cuando lo ves sientes que no ha habido espera alguna. A quien puedes hacer esperar horas y cuando llegas él esta  guardándote el puesto con una cerveza a medias. Me gusta mucho la canción de los Rolling Stone “Waiting for a friend” esperar y hacer esperar a los amigos es un pasatiempo recomendable. Subía la escalera eléctrica que da a la entrada del “Mutiplex” Allí  estaba mi amigo, sentado, en medio de las parejas de novios que van a Av Chile a ver películas que “los hagan pensar un poco”. Al final vimos una comedia británica,  pero eso no viene al caso. Mientras me esperaba, se había dedicado a ver las caras de las personas que llegaban al cine: cómo levantaban su cabeza para ver la cartelera, para encontrar el afiche de la película deseada. Gente mirando sus relojes, chateando en el smartphone,  esperando a sus citas, comiendo palomitas, haciendo gestos. Ese es su trabajo, asomarse a la vida de los otros. Me dijo que cada gesto es irrepetible, que las personas que llegan al cine hacen todas caras distintas. Todos van a cine por razones distintas, todos esperan algo de ese ritual de sombras, le dije.

Mi amigo podría tomar fotos todo el tiempo, de alguna manera lo hace, aunque no tenga lente. En definitiva  prefiere sostener una cámara a una conversación y con las fotos que toma le esta diciendo a uno exactamente “cómo esta”. No se si serán buenas o no, sus fotografías empezaron con un viaje solitario a una tierra sagrada, Machu Pichu, aunque frente a su Nikon todas las tierras lo son, hasta el sanitario de un bar. Su lente ha sido una laguna profunda en la que muchos amigos nos hemos mirado. Capitán de su barco, ha hecho con su vida lo que ha querido y para colmo de su libertad, se ha hecho a un lado para retratarla, sin pose, desnuda.

5. El ingeniero.

Después de los informes, de las reuniones en las que salimos victoriosos, de ajustar los sueños a la forma justa de los números, de graficar las ideas caóticas en un plano cartesiano, siempre queda tiempo para un brindis y para desocupar el bolsillo roto y pedir otra cerveza. Después del flujo de caja hay tiempo para hacer cuentas del amor, en el que a veces salimos en pérdidas. Siempre hay tiempo para darle un paseo a Juan Pa en el carro de mis padres  por la “Ciudad de la furia” que a el le tocará vivir en pocos años. Siempre hay tiempo para darnos cuenta que al corazón no se le puede hacer una hoja de cálculo. Ingeniero, estamos cruzando siempre una línea muy delgada, ojala nos quede risa (aunque no tengamos dientes) para cuando seamos viejos reírnos de todo esto.

Amigos, todos, los 5 anteriores y todos los que han sobrevolado conmigo  el desastre y la hermosura de esta vida. Tengo 30 años. Ya se que a los treinta Orson Wells había hecho ya su obra maestra, que Mozart se preparaba para morir tranquilo después de haberle dado sonido a los Planetas, que Picasso ya había hecho el amor a las señoritas de Avignon, que Einstein ya había demostrado que “todo depende” ¿Qué mas da? No somos célebres pero somos una, y lo voy a decir de muchas formas, “chimba, monda, verga, polla”

No creo en ningún político ni mensajero de Dios, `no creo en la divulgación científica, ni en las fórmulas de éxito, si he de ver mierda en las galerías, prefiero ver la de un amigo, no creo en nada de lo que se pueda decir ante un micrófono, pero creo en ustedes, gracias por todo.

 

Es un tópico frecuente en los análisis políticos afirmar que la izquierda esta dividida, he leído apelativos como “la izquierda es débil, inocua, irrisoria, risible, siniestra” Yo tengo una visión un poco más alentadora. Empecemos por precisar el lenguaje. La palabra izquierda evoca aquel hemisferio del cuerpo menos útil, eso que uno arrastra mientras hace las cosas importantes con el funcional y eficiente lado derecho, a la luz de una desventaja semejante a la anatómica, a la izquierda política también se le atribuyen toda suerte de debilidades.Le_Serment_du_Jeu_de_paume

Pocos conocen el origen glorioso de la expresión. Se empezaron a llamar “de izquierdas” a aquellos diputados que votaron en contra de mantener la monarquía francesa tras la revolución de 1789, ya que durante el conteo de sus votos estos iban ubicándose al lado izquierdo del presidente de la asamblea, mientras que los votantes a favor se ubicaban a la derecha. Este fue el primer triunfo de la “izquierda” en la historia universal y también su primera paradoja, podría decirse que la izquierda empezó con “pie derecho” La república francesa y la izquierda política nacen el mismo día. Hay que entender estas convenciones (izquierda y derecha) como campos de posibilidades en el que se mueven ideas, personas y grupos, a veces con una asombrosa volatilidad y una conveniencia acomodaticia. Así es como partidos de izquierda como los Partidos Socialistas de Europa, al llegar al poder ejecutivo , fueron desplazándose poco a poco a la derecha política,

Mucho más dramático y precipitado es el trasvestimiento político de los gobernantes en Colombia y el vaivén ideológico de sus movimientos coyunturales. El partido de la U y el presidente Santos son ejemplos claros de esta bipolaridad. Santos fue elegido como un implacable soldado de las conquistas de la derecha y en pocos meses abrazó un discurso que parecía una mala imitación de Lula con un postizo ademán pacifista. Estos trasvestimientos de los líderes de derecha producen sospechas sobre sus verdaderas agendas, que poco coinciden con sus programas de campaña.

Este es un primer punto a señalar acerca de la izquierda en Colombia, aun siendo “pequeña y ridícula” no tiene agendas ocultas. Por ejemplo, no hay bipolaridad tras el programa de la Bogotá Humana, se ejecutaba conforme al plan de gobierno, cuando el alcalde fue destituido, precisamente por llevar a cabo uno de sus compromisos de campaña, implementar un nuevo esquema de aseo. Los más de 200 mil colombianos que votaron por el senador Robledo, lo hicieron porque consideraron importante que sus ideas estuvieran presentes en el parlamento, ya que se sienten representados por ellas. Lo mismo ocurre con la mayoría de los escaños conseguidos en el congreso por el Polo alternativo y la Alianza Verde, los partidos que conforman eso que podemos llamar  “espectro de izquierdas”

Pero hagamos un poco de memoria, esa izquierda que los analistas subestiman como la perdedora en las elecciones legislativas, es de alguna manera heredera de otras circunstancias mucho más dolorosas que un traspiés electoral. La UP, que acaba de adherirse al Polo para las presidenciales, es el bravo sobreviviente del más lamentable episodio de desaparición de una fuerza política alternativa a través de la violencia sistemática del Estado. A la Anapo, que también integra el actual Polo democrático, le fue arrebatada la presidencia de la República, por un fraude electoral orquestado por el Frente Nacional en 1970. Y podríamos devolver la película hasta el 9 de abril de 1948. No es una teoría de complot, es una evidencia de la historia: cada vez que una alternativa política se ha acercado al poder, el establecimiento ha eliminado sus garantías y ha puesto toda suerte de obstáculos. La raíz del conflicto armado en Colombia no es otro que la falta de garantías para la participación y acceso al poder de ideas alternativas y diferentes al establecimiento. Cuando decimos que la izquierda esta debilitada, deberíamos preguntarnos si el País Político, el Estado social de Derecho, no ha hecho lo suficiente para garantizar la integración de la alternativa política , la diferencia ideológica y el disenso de estos movimientos sociales , en condiciones de igualdad, dentro de nuestra  vida democrática.

Ahora leamos los resultados en el contexto electoral. Que 3 de las votaciones más altas al Congreso , Robledo la más alta al Senado, Claudia López la mujer con mayor votación, Navas Talero, la votación más alta por la cámara de representantes de Bogotá , sean de izquierda, no es un dato menor. Sobre todo comparando los presupuestos de las campañas de estos candidatos con los de un candidato promedio de la U o Centro democrático. La publicidad desmedida y los estímulos perversos que necesita un candidato liberal o del conservador, para conseguir la quinta parte los votos que Robledo ganó con argumentos y austeridad, es un dato palpable y relevante. Se avecinan unas elecciones presidenciales y no cabe duda que fuerzas democráticas de izquierda, ya sea como promotoras del voto en blanco, o aupándose en una candidatura amplia en torno al Polo o la Alianza Verde, para disputarse una segunda vuelta; jugarán un papel protagónico. En cuanto a la coyuntura de Bogotá gracias a la defensa denodada de la administración de la Bogotá Humana y su derecho a permanecer en el poder, en Colombia se abrió el debate sobre la necesidad de reformar la constitución y el diseño institucional que ha permitido el abuso del poder y la persecución política a través de órganos de control. En una eventual constituyente la izquierda jugara un rol de liderazgo, convocante y propositivo. En el marco de un proceso de paz, aun el supuesto de que la “paz total” de Santos no sea otra cosa que un instrumento electoral para lograr su segundo mandato y que su agenda secreta no contemple una verdadera finalización del conflicto; el hecho de que las Farc y el ELN hablen de participación en una democracia, despeja aquel estigma que ensombrece a la izquierda democrática y pacífica: la asociación que mucha gente hace entre ideas de izquierda y rebelión armada. No hace mucho el presidente Uribe tachaba de terroristas a algunos líderes políticos, mientras funcionarios de su gobierno interceptaban, sin orden judicial, sus teléfonos y comunicaciones privadas.

Para finalizar quiero señalar algo que debería ser obvio, la democracia no se reduce al hecho electoral, en una realidad democrática  se presentan una variedad de manifestaciones: los movimientos campesinos, las víctimas del sistema de salud, el movimiento estudiantil, las minorías no reconocidas, los emputados no representados en el Congreso. Bajo la supuesta paz total, Santos se dedicará a  la implementación de un programa de derechas: aplicación de tratados de libre comercio, locomotora minera y puertas abiertas a la inversión extranjera, aun poniendo en peligro la soberanía de los recursos naturales y la sostenibilidad medio-ambiental. A esto sumemos la impavidez  y dolosa ineptitud de los gobiernos  hacia el tema educativo y de salud pública. Ese es el panorama que se viene de ser reelegida la dupla Santos-Lleras. Así que todas estas expresiones inconformes cobrarán fuerza en las plazas y calles durante los próximos años, sencillamente por que el modelo fállido en el que está basada Colombia no resiste mucho más.

El gran reto qu urge: construir desde las bases el gran proyecto de país que pueda reunir las fuerzas políticas y sociales, pero no en torno a líderes individuales o caudillos, sino a equipos multidisciplinares y diversos y a una idea abarcadora e ilusionante de país que convoque al talento creativo de la sociedad.

Screen Shot 2014-02-26 at 8.39.40 AM

Tú que llevaste a donde fuera el nombre de tu madre

El mundo guardó silencio cuando cruzabas las piernas para poner la guitarra.

El Flamenco, esa nave de los parias, hizo que habitaras el puerto de Algeciras

Aún estando en Nueva York,  en las Playas de Tulum,  o en la Habana

Siempre en tu territorio que son dos ojos y el mar salpicado de Africa.

Entre dos Aguas puedo encontrar los sonidos de un sueño: Música!

Ya veo, Paco, las aves rapaces, flamencólogos y ministros

Escribiendo libros, creando institutos, premios y antologías

Mientras el cuerpo viaja inerme desde Yucatán a Gibraltar

Tu  juegas de nuevo con Camarón en los callejones de Andalucía.