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Como muchas otras cosas en Colombia, mi padre nació  el 9 de abril de 1948, una tarde lluviosa, cuando las noticias de la muerte de Gaitán habían llegado al pueblo. La Dorada era entonces un caserío ardiente  a la orilla de Río Magdalena,  no había aguas diáfanas, ni huevos prehistóricos; fluía el dinero, el contrabando y las putas  como en cualquier puerto y su Estación de Tren era un lugar de paso obligado para todo aquel que atravesara el país.

Ultimo de 4 varones, mi papá vino al mundo inocente de todo lo que pasó ese día. Entre las gentes del pueblo gaitanista  los únicos que celebraron en silencio aquella noche fueron sus padres. Aunque Don Matías Henao, liberal radical, domador de caballos, administrador de fincas, comerciante, enfermero, lector voraz de novelas de vaqueros; no aparece en los libros de historia,  fue uno de los fundadores silenciosos de La Dorada, que era entonces uno de los feudos más fieles a las ideas Gaitanistas. Ese día  mi abuelo se repartía entre la pérdida del líder, el dolor del parto  y la urgencia revolucionaria del momento.

Los primeros años pasaron y mi papá empezó a  darse cuenta que su cumpleaños era una agridulce ambigüedad, mientras celebraba con sus hermanos, los grandes hablaban de las reminiscencias de una revolución frustrada y de la necesidad de luchar de nuevo. A la vez que se comían fríjoles caldenses, en honor a su natalicio,  conmemoraban el día en que se jodió el país.

Cuando tuvo clara conciencia de todas estas circunstancias, a los escasos 15 años, escuchó como por revelación el llamado a ser un hombre libre, más allá del Estado o la Ley, aunque en ese momento no sabía exactamente qué significaba eso. Sin leer un sólo libro de Bakunin, o Kropotkin (en La Universidad ya habría noches en vela para leerlos) inspirado en una crónica sobre Buenaventura Durrutí, que leyó en un diario en Manizales, mi papá se hizo anarquista.  Empuñó su arma invisible, adolescente: un tierno anhelo de justicia.

 

Mientras nuestros vecinos sufrían con tiranos vestido de uniforme militar, nuestro tirano lucía pajarita o corbatín de civil y nombre de emperador.

Mientras nuestros vecinos sufrían con tiranos vestidos de verde militar, nuestro tirano lucía pajarita o corbatín de civil,  nombre de emperador  de Girardot y pinta de ñoño. El Estatuto de Seguridad fue le ejecución de una dictadura civil que perduraría…