Archivos para agosto, 2014

Faltó un pañuelo,  faltó un amigo (Jairo Varela)

Por fortuna el suicidio del actor Robin Williams no estará rodeado de fabulaciones truculentas como el de Marilyn Monroe. Después de medio siglo,  a pesar de las evidencias de una autodestrucción por barbitúricos, hay quienes siguen especulando con la posibilidad de un homicidio pasional, de un arrebato amoroso. Marylin se suicidó, como  lo hizo esta mañana el actor nacido en Chicago y el primer homenaje que  podemos rendirle es no cubrir de velos y presunciones la última decisión que tomó en uso de su lucidez. Desde que leí el primer párrafo de El mito de Sísifo (Albert Camus)   “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio” para mí la posibilidad de desaparecer a voluntad dejó de ser tabú. Puedo encontrarme en desacuerdo, pero el que alguien tomé la decisión de dejar de existir,descarga me parece respetable.

Cuando la gente se enteró de la muerte de Monroe, la rubia con vocecita ingenua y curvas candentes, se preguntaban cómo una mujer  tan dulce  podía quitarse la vida.  Aunque ya Tony Curtis había advertido que besar a Marilyn era como besar a Hitler, la gente del común creía que Marilyn era igual a sus personajes, un terrón de azúcar a punto de derretirse. Entonces era inconcebible que alguien que no parecía tener el aliento para matar una mosca se arrebatara la vida. Esta supuesta contradicción dio  lugar al surgimiento de todo tipo de teorías que se siguen divulgando.

Ya he escuchado a algunos amigos preguntarse cómo es que un hombre  tan gracioso, tan sabio, tan cómico, tan exitoso, pudo quitarse la vida. Aunque en este caso su suicidio no estará rodeado de controversias innecesarias (en general William tuvo una vida discreta) su muerte se archivará en la memoria colectiva como el desesperado acto de un excéntrico,  como una rareza sin sentido, como el único ademán  incomprendido del actor.  Hay coincidencias entre los suicidios de Monroe y Williams.  Los dos fueron durante el tórrido mes de agosto,  el verano de días interminables y calor pegajoso, suele ser la estación propicia para el hastío de los suicidas, que no soportan que el sol permanezca tanto tiempo iluminando las tediosas jornadas donde no pasa nada. Además de la posible motivación climática, los dos fueron actores de comedia.

El oficio de ser actor, la vieja profesión de ser otro, de imponerse una máscara, tiene una larga tradición de sacrificios y es una labor que no siempre fue feliz. El culto a Baco, origen del teatro griego, consistía en vaciar la personalidad y abandonarse al bacanal. Las Bacantes, priemras actrices,  se entregaban  al frenesí del baile, del canto, de la representación, y muchas morían en el extasis. El actor puede estar rodeado de lujos y fama, dinero y poder, pero en la soledad de su oficio, ante el espejo del camerino,  está vacío, ha entregado su rostro a otro. Muchos crean fundaciones, viajan por el mundo como adalides de causas perdidas, o se dedican a ser otros, con su papel inventado, incluso fuera de los focos, creando escándalos, para que no exista el silencio.

Y esto es mucho más doloroso para el comediante, no son pocas las referencias literarias y musicales sobre la infelicidad de los payasos, después de hacer reír a multitudes el comediante se encuentra con que ” nadie pregunta Si sufro si lloro Si tengo una pena  Que hiere muy hondo” (El Cantante de Hector Lavoe)  porque su tragedia secreta es que incluso sus penas más hondas hacen reír y nadie las toma en serio. Quizá el suicidio de un comediante sea su último esfuerzo para ser tomado en serio.

Robin, te debo muchas cosas,  gracias al profesor Keating leí por primera vez la poesía de Withman, gracias a Peter Pan adquirí el síndrome que lleva su nombre y me resisto a la adultez y sus seriedades.  Gracias a Jack empecé a buscar estrellas fugaces en el cielo de mi terraza,  gracias a Cranauer me gusta escuchar radio en medio de esta guerra (Como vendría de bien un Buenos días Colombia como Buenos días Vietnam) Gracias por la voz que concede los deseos del genio de Aladino, gracias por Patch Adams y la indicación médica de burlarnos de la muerte. Gracias también por todas las malas películas que hiciste porque uno las iba a ver sólo para volver a verte. Gracias por tu sonrisa que iluminaba la noche americana.

Me pregunto si te hizo falta un pañuelo o un amigo, como cantaba un músico colombiano que tu no debes conocer, un salsero muerto hace poco, que quizá te encuentres en tu viaje. Sí es así, cómo me hubiera gustado darte ese pañuelo y ser tu amigo.

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