El Mal Menor y la simpatía por el monstruo

Publicado: junio 3, 2014 en Uncategorized
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ImagenLos electores, si así puede llamarse a la multitud que marca con x  las fotos de los candidatos como si de un ritual vudú se tratase y luego deposita papeletas en una urna como boletas en una rifa de bazar;  no salen de la comodidad de sus casas a la intemperie del domingo movidos por una convicción ética. Cuando no es el incentivo perverso de favores recibidos o la coacción de las maquinarias aceitadas, el voto que llamamos de opinión, es un reflejo de simpatías y afectos. Votamos por el que nos cae bien, o nos inspira confianza, por el que sabe decir las cosas que nos endulzan el oído. Y son las meloserías del lenguaje y los discursos, “las palabras que se las lleva el viento” las que inclinan ese voto hacia un lado u otro. 

El viejo argumento del “Mal menor” que han esgrimido columnistas y líderes de opinión en esta  cruzada por la paz, iniciada el 25 de Mayo, me parece un recurso perdedor y desafortunado, que ya demostró ser muy frágil en la contienda que enfrentó a Al Gore y Goerge Bush en el 2000. Nadie sale de su casa un domingo de fútbol a elegir por un mal, así este sea menor que el otro. La gente del común se toma la molestia de elegir siempre en forma positiva, es decir, cree con firmeza que la alternativa que escoge es la mejor y la más virtuosa entre las otras. Optamos por un restaurante por que lo consideramos bueno, no porque allí se sirva la comida menos venenosa, así sea un Mac Donalds o Burger King. Votar por el mejor candidato, por ejemplo, así a todas luces sea un desastre, será más plausible que votar por el menos malo. Por eso cuando pintan a Santos como el menos malo, o  un malo conocido, mucha gente, en la embriaguez del optimismo (natural de las decisiones) empieza a ver a Zuluaga como mejor candidato, así todos los hechos demuestren su carácter nocivo y su “mala leche”. Este efecto embellecedor del villano sucede porque la gente prefiere ver al monstruo como mejor (en términos positivos) que como el más malo. De ahí provienen las patológicas afecciones y simpatías por los villanos, los monstruos y los tiranos que caracterizan a sociedad inmaduras como la nuestra.

Este argumento del Mal menor tampoco es muy alentador para quienes nunca votarían por Zulúaga.  Puestos a elegir entre dos males, muchos pensarán: mejor no salir de casa. Sociedades como las Colombianas, arrastradas por una extraña pulsión de muerte, han elegido opciones a todas luces inconvenientes o autodestructivas porque sonaban bien  y envolvían a la gente en la ilusión de lo absolutamente bueno contra lo absolutamente malo. Para el elector no hay relativismos morales. Es preferible arrojarse al precipicio del horror creyendo en la bondad de ese acto, que optar por un camino, que se considera malo de antemano, así el otro camino sea peor. La disyuntiva lo único que hace es embellecer el camino siniestro, mostrarlo atractivo y sensual. Esa es la trampa de las elecciones.

Mientras no haya una verdadera transformación del sistema político en Colombia, que entregue el verdadero poder de decisión a la gente y la vuelva dueña de su destino como sociedad; mientras  el elector no  sea algo más que ese anónimo marcador de x sobre retratos y consignas, las elecciones serán las loterías sin fortuna en donde ganará la opción que mejor suena y no la menos mala.

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