Archivos para abril, 2014

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Todo lo que he leído de García Márquez  fue editado bajo el sello de “Oveja Negra” estimulante imagen para un lector sin disciplina como yo, descarriado y ávido de lecturas prohibidas. Hace más de 10 años que Oveja Negra no se dedica a la edición de obras literarias, sin embargo  es la editorial colombiana que más   títulos de narrativa ha editado jamás  y su papel, nunca mejor dicho, fue de enorme importancia para la divulgación de autores latinoamericanos en la segunda mitad del Siglo XX.   “Los versos del Capitán”  “Los Adioses”  “Historia Universal de la Infamia” “El perseguidor” “La ciudad y los perros” son ejemplos de los volúmenes que se imprimieron en un taller de Bogotá, con el timbre gracioso de una oveja oscura y saltarina, encaramada en el lomo de los libros, recordándonos que todo lector tiene algo de hijo maldito, de rebelde sin causa.

Pero Oveja Negra no tendría  el significado especial que tiene para mi sino fuera por mi Abuelo. Como quien te presenta a sus amigos entrañables, mi abuelo  me introdujo con los libros al universo  de varios autores, entre ellos y de forma especial al de García Márquez. Costeños los dos, hijos del esplendor e infortunio de la zona bananera, tenían muchas cosas en común. Como estudiantes de la Universidad Nacional por la misma época, testigos del Bogotazo y del incendio de sus pensiones universitarias, alguna vez, mi Abuelo y El Gabo, compartieron  los mismos  miedos y euforias de la metrópoli.

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Recordando las anécdotas que me contaba mi abuelo, en la sobremesa del almuerzo;  cadenciosas, como arrullos que te envuelven, que terminas creyendo, aunque sean absurdas y que te hacen reír a carcajadas de la vida, puedo decir que la voz de mi abuelo; andaluza, africana, frutal, es la misma voz de Gabo. Al menos para mí.

Su amor por la literatura era juvenil y obsesivo, dormía muy poco, a lo sumo 3 horas por noche, así repartía su insomnio entre libros de medicina, (sobre todo psiquiatría)  teatro, poesía, novela (sobre todo rusa) y la lectura sonámbula de los diarios, incluyendo las esquelas funerarias y los clasificados de empleo. De esa voracidad lectora se aprovechaban los vendedores de  libros, en especial el agente domiciliario del Círculo de Lectores, que siempre lo visitaba de manera inoportuna cuando estaba viendo el Noticiero de las Siete. Curioso sobre las novedades del catálogo no era capaz de despachar al librero y lo hacía pasar a regañadientes. Gracias a la impertinencia de este vendedor llegaron a la casa los ejemplares de Nobel, todos editados por la editorial bogotana, en conmemoración de la entrega del premio en 1982

Mi primer encuentro con García Marquez fue a hurtadillas, cuando tenía 10 años de edad. Pocas cosas llamaron más mi atención de niño que el título de un libro: “Crónica de una muerte anunciada”. Lo descolgué de la biblioteca y me lo lleve a un rincón de la cocina mientras mi abuela preparaba el almuerzo. Entonces el inicio acabó por atraparme “La mañana que lo iban a matar Santiago Nasar… ” la suerte del personaje, su nombre y apellidos, se enredarían con mi suerte de lector inadvertido. Antes que llegara hasta la linea soez  “pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros” mi abuelo llegó a la cocina y me explicó que aquella lectura no era conveniente, que pronto estaría en “edad de merecer” esa  y otras lecturas y que había muchas cosas que no podría entender. Retiró de mis manos el ejemplar y se lo entregó a mi abuela escandalizada con la portada: la fotografía de un cadáver envuelto por una sábana gris, del que sobresalía una bota de cuero  y  una mariposa sobrevolando el cuerpo inerte. Raptado por una intensa curiosidad de saber los pormenores de aquella muerte, desobedecí la censura de mi Abuelo, extraje el libro del delantal de mi abuela y me encerré en la habitación de mis tías, donde había una mecedora que daba a la ventana del patio. En una tarde lluviosa supe que todos, incluyéndome, sabíamos que lo iban a matar (en circunstancias que se escapaban a mi comprensión) pero nadie había hecho nada para evitarlo. Años después en uno de mis cumpleaños mi abuelo me regaló el libro, con una dedicatoria que reveló las verdaderas intenciones de su  prohibición: “para que lo releas”  Ese día me di cuenta que no hay cosa mejor para estimular la lectura que prohibirla de vez en cuando a un niño curioso.

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El segundo encuentro con García Márquez fue también a instancias de mi abuelo. Ya había leído la compilación de sus relatos, recogidos bajo el título: “Todos los cuentos” en una edición muy barata hecha con papel periódico y tinta  burda que en ocasiones parecía un panfleto; pero que fue muy popular en la época, ya que todos los colegios la pedían en la lista de libros y utensilios escolares.  Lo leí en unas vacaciones, de un tirón, en dos o tres días.  Sólo tenía que leer uno de los cuentos para la clase de Español, pero de nuevo la cadencia y  el rumor de las historias me fue atrapando como cuando mi abuelo me sentaba en sus piernas a hablarme de su amigo “El Mico” o de las travesuras con su hermano “Pepé” en los años en que la bisabuela remendaba la ropa de los obreros de la United Fruit Company.

La lluvia del trópico, que ha acompañado siempre  mi vida de lector, se acompasó con las lluvias interminables de Macondo y para repetir sus músicas celestes,  acostado en la cama de mi cuarto, leía en voz alta “El Invierno se precipitó un domingo a la salida de misa”. “El Monólgo de Isabel viendo llover” podía ser el monólogo de cualquiera de las mujeres de la casa, mi madre, mis tías, mi abuela, todas cuidando el cosmos frágil del hogar. Cuando terminé el último cuento, “La triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada” entré en pánico: Gabo se había convertido en un Dios tutelar que no quería dejar ir, quería más y más de él y sentí la urgencia por leer todo lo suyo.

Ya tenia edad de enfrentar una de sus grandes novelas. Intenté por supuesto con “Cien años de Soledad”  pero algo en su enumeración maravillosa me sacaba de la corriente antes de las primeras 100 páginas. Así mismo se me resistían  “El general en su Laberinto” (Bolívar no me interesaba en lo más mínimo) y “El Otoño del Patriarca” (me sentía como aguantando la respiración bajo del agua cuando la leía) La única novela de Gabo que quedaba en la Biblioteca de mi Abuelo era “El Amor en los tiempos del Cólera” Se trataba de la primera edición del libro  hecha por Oveja Negra. Pasta dura, azul marino,  una portada de color amarillo y la figura de un barco de vapor sobre un río imaginario. Yo quería abordar ese barco, zarpar en la lectura, lejos, a donde fuera. Pero acceder a esa obra no era fácil ya que hacía parte de los libros de cabecera de mi abuelo, de los que siempre lo acompañaban en la mesa de noche, cerca de las pastillas y los “Fututos” como él llamaba a los inhaladores de cortisona con los que conjuraba el asma bronquial o “el gato que llevó en los pulmones” solía decir.

Mi abuelo consultaba ese libro amarillo muy a menudo, quizá se sentía identificado con él dr Juvenal Urbino. Se reía mucho de la escena en la que este enseñaba francés a los loros y volvía una y otra vez sobre la primera parte de la novela. Sabía que la muerte llegaría de la manera más inesperada, como le  llegaría al propio Urbino, mientras alimentaba a sus pájaros, curiosa forma de morir para aquel que había combatido con tanto ahínco la epidemia del Cólera. Para llegar al libro tenía que pedírselo personalmente: “Abuelo quiero leer “El Amor en los Tiempos del Colera” “¿Por que?” me pregunto sugiriendo que podía empezar por otras novelas, yo respondí con una seriedad absoluta: Porque estoy enamorado.

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Para poder leer el libro tuve que fingir mi primer amor a los 13 años, por una doncella de apellido Lorenzo, que estudiaba conmigo, una morena alta, que era lo más parecido a Fermina Daza que había en el Colegio. Cuando abrí “EL Amor en los tiempos del Colera” por primera vez me di cuenta que mi abuelo lo había leído varias veces en los 10 años que llevaba publicada la novela. Tenía todo tipo de rastros de lectura, notas ininteligibles, pedazos de papel, billetes de 500 pesos, papeles de lotería, marcas en la punta de las hojas. Al leerlo me sentía como recorriendo con él un mismo viaje. Terminé enamorado de Fermina proyectada en la niña de mi salón, soñando con la posibilidad de seguir amándola hasta la muerte. Con ese libro supe de manera certera  que una noche cualquiera, en el momento menos esperado,  una mujer sin rostro  me arrebataría la inocencia de mi sexo en un cuarto oscuro, como le sucedió a Florentino. Por eso debía estar siempre alerta.

El último encuentro con Gabo estuvo marcado por la enfermedad de mi abuelo. En otra de sus tantas alusiones literarias él me nombró su Lazarillo. Durante los últimos años de su vida yo me había convertido en  fiel escudero y le cuidaba la espalda cuando salia a hacer “sus vueltas” Lo acompañaba cada més a cobrar el cheque de la pensión en  “La asociación nacional de médicos pensionados” en donde se reencontraba a sus colegas y me presentaba como su secretario, yo me sentía importante:  aprendí a estrechar la mano  y saludar con la elegancia y calidez de un caballero. Pasaban los meses y cada vez encontraba menos amigos en la fila de jubilados y entonces decía “Nos estamos muriendo todos, llegará el día en que en Colombia no quede un sólo pensionado vivo”  El solía decir cosas propias de un Nostradamus del caribe, que luego he ido encontrando en los libros de García Márquez, como “no somos del lugar donde nacemos sino donde yacen nuestros muertos”  Cuando nos llovía en alguna de las diligencias exclamaba “Esta lluvia menuda pero persistente” Un día, agotado ya no pudo andar más, perdió el apetito y suspendió su amor por los libros. Yo, su secretario, le leía el periódico todos los días,  incluyendo esquelas funerarias y clasificados de empleo. Cuando me quedaba a velar su sueño, siempre tenía un libro conmigo, para ver si se antojaba de leerlo.

Recuerdo que la última vez que pasé una noche con él estaba leyendo “El coronel no tiene quien le escriba” que era parte de una colección hermosa de grandes autores de la literatura Latinoamericana, estaban Cortázar, Borges, Fuentes, Onetti, Donoso, Neruda, y esa pequeña obra maestra que es la historia del hombre que espera su pensión después de haber entregado la vida a la patria. Mi abuelo estaba muy enfermo y pasaba noches delirantes y con sobresaltos dolorosos. En un instante de lucidez y ausencia de dolor me pidió que lo acomodara para beber un poco de agua y me preguntó qué leía “El coronel no tiene quien le escriba” mi abuelo sonrió complacido “Leáme en voz alta, desde el principio”   Entonces me devolví a a la primera página y le leí “El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más que una cucharadita…” me aseguré que me prestara atención y me indicó que siguiera.

Serían las 3 de la madrugada de una noche de enero de 1999 cuando mi abuelo y yo emprendimos la última lectura juntos.

Con la muerte del enorme García Márquez he podido escribir estas palabras que son nada comparadas a la grandeza de la obra del autor de Aracataca, pero son todo para mi y ese hombre ejemplar que me enseñó el amor a los libros y a contar historias para sobrevivir “a la trampa de la muerte”

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Como muchas otras cosas en Colombia, mi padre nació  el 9 de abril de 1948, una tarde lluviosa, cuando las noticias de la muerte de Gaitán habían llegado al pueblo. La Dorada era entonces un caserío ardiente  a la orilla de Río Magdalena,  no había aguas diáfanas, ni huevos prehistóricos; fluía el dinero, el contrabando y las putas  como en cualquier puerto y su Estación de Tren era un lugar de paso obligado para todo aquel que atravesara el país.

Ultimo de 4 varones, mi papá vino al mundo inocente de todo lo que pasó ese día. Entre las gentes del pueblo gaitanista  los únicos que celebraron en silencio aquella noche fueron sus padres. Aunque Don Matías Henao, liberal radical, domador de caballos, administrador de fincas, comerciante, enfermero, lector voraz de novelas de vaqueros; no aparece en los libros de historia,  fue uno de los fundadores silenciosos de La Dorada, que era entonces uno de los feudos más fieles a las ideas Gaitanistas. Ese día  mi abuelo se repartía entre la pérdida del líder, el dolor del parto  y la urgencia revolucionaria del momento.

Los primeros años pasaron y mi papá empezó a  darse cuenta que su cumpleaños era una agridulce ambigüedad, mientras celebraba con sus hermanos, los grandes hablaban de las reminiscencias de una revolución frustrada y de la necesidad de luchar de nuevo. A la vez que se comían fríjoles caldenses, en honor a su natalicio,  conmemoraban el día en que se jodió el país.

Cuando tuvo clara conciencia de todas estas circunstancias, a los escasos 15 años, escuchó como por revelación el llamado a ser un hombre libre, más allá del Estado o la Ley, aunque en ese momento no sabía exactamente qué significaba eso. Sin leer un sólo libro de Bakunin, o Kropotkin (en La Universidad ya habría noches en vela para leerlos) inspirado en una crónica sobre Buenaventura Durrutí, que leyó en un diario en Manizales, mi papá se hizo anarquista.  Empuñó su arma invisible, adolescente: un tierno anhelo de justicia.