Take Five (a mis amigos)

Publicado: marzo 28, 2014 en Las cosas como son (textos lisérgicos sobre el mundo)
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No estoy de acuerdo con la expresión “mis amigos se pueden contar con los dedos de una mano” ya que en las manos de un solo hombre se puede hacer la cuenta del infinito. Los romanos, por ejemplo, usaban el movimiento de los dedos para representar su compleja numeración. No obstante si la idea más extendida de aquella frase es señalar que uno a lo sumo tiene 5 amigos, adhiero a ese vulgar significado, pero sin abrigar sentimiento alguno de escasez.

Mis amigos, así sean 5, podrían asaltar un cuartel, crear un nuevo paradigma de las ciencias, una vanguardia pictórica, un poema del silencio o una sinfonía para felinos y tras la revolución organizar una fiesta legendaria cuya resaca sería tan larga y soleada como una nueva infancia. Mis amigos son los primeros pobladores de un país que me he inventado, mezcla de utopía y pesadilla, una playa de anarquistas, un barco de locos, un carnaval todos los días. Son pocos pero suficientes para refundar el mundo después de los naufragios, para burlar la siniestra trampa cotidiana, para luchar todas las batallas y reírse de todas los fracasos. Pocos pero son mi patria, son como mi mano al escribir.

 

  1. El físico

Siempre lo consideré un aventajado. Cuando nací él había estado en el planeta por más de un año y ya  tenía algunas conjeturas sobre el mundo,  es probable que entonces supiera algo que suele decir con frecuencia: “Toda situación es susceptible de empeorar” Ya desde bebé era un candoroso pesimista. Al año había realizado varios experimentos en el laboratorio en el que crecimos, es decir,  la casa de los abuelos. Todos cuentan que era curioso y antes de meterse las cosas en la boca, las tocaba de forma analítica, como si las midiera, como si desconfiara de ellas. Tan pronto nací me incorporé como número 2 en su equipo de investigaciones inauditas. Nuestro método tenía dos pilares: error y ensayo y error otra vez y la resolución de usar la voz sólo para hacer preguntas, por absurdas que fueran Así cometimos todos los errores e hicimos todas las preguntas que se le perdonan  a los niños y a los locos.

Luego vendrían los funerales y las plegarias, las cenizas y las flores de domingo. Cambiamos el asombro por todas las cosas y nos situamos en la indiferencia a todas las cosas. Mientras tanto nuestros cuerpos mutaban, como Gregorio Samsa pero todo el día, no sólo en la Mañana.   Renunciamos al deporte, de hecho destruimos las canchas de fútbol del barrio, revaluadas todas las teorías de la lactancia, nos matriculamos en la escuela de la calle. No nos aceptaron en ninguna pandilla o tribu, en ninguna era de buen recibo mi obsesión por tener un libro, el que fuera, entre las manos y la impecable lógica de mi compañero, que dejaba en evidencia la idiotez y alienación de todo grupo.

En busca de un lugar que nos acogiese cruzábamos las fronteras del barrio y nos mezclábamos en “El Codito” comuna obrera, a pocas calles de la casa de nuestra abuela, que ya por ese entonces era viuda. Allí nos hicimos jugadores de billar, apostando lo poco que nos quedaba de mesada, con verdaderos tahúres y maestros. Las tres bandas fueron nuestra escuela de la vida, pasábamos horas haciendo hipótesis sobre el movimiento de las esferas al chocar entre si, en carambolas imaginarias, que casi nunca se daban. Con una vocación de “marranos” perdíamos con la frente en alto las mas de las veces y nos íbamos a beber la derrota a una tiendita esquinera, cuando la cerveza era a 500 pesos. Las rockolas, las ranas y la algarabía del barrio, potenciaban el efecto del alcohol.

Si nuestros padres fracasaron en su intento de liberar a los proletarios, con sus ideas de revolución y lucha de clases,  nosotros decidimos emborracharnos con ellos, jugar sus juegos, bailar sus músicas y desear a sus mujeres. Luego volvíamos sin consciencia a dormir la borrachera y esperar el desayuno reparador de la abuela, en ese sopor en el que seguimos cocinando nuestras teorías sobre este mundo gris y desconocido: El Guayabo.

2. El Músico

Porque aguantábamos hambre durante los recreos de la escuela para comprar álbumes de Pink Floyd en los bulevares del centro, llenos de gente rara y malacarosa. Porque leíamos a Balzac y a Dostoveski en el extratiempo del insomnio. Porque yo empecé a escribir en “El gato eléctrico” un cafecito que ya no existe, mientras él aprendía a conjurar el demonio que duerme en la cola de los pianos. Porque ya tuvimos las conversaciones que tiene un adulto que agoniza, mientras los otros jugaban  canicas. Porque 15 años después  me hospedó en su casa en Berlín, una cajita de música con un pájaro adentro (el pájaro es él componiendo) Porque Compartió conmigo su jardín con la ropa colgada al alambre y algunos recuerdos de su infancia colgados también. Porque me consuela pensar que hay alguien que esta esculpiendo en el silencio una escalera que sube a “las terrazas sin tiempo” de Rayuela, de aquel capítulo que leímos al amanecer cuando no teníamos barba ni deudas, en una casa en Silvania por allá en 1997.

3. El Hacedor

Ya éramos amigos, (también había estado en Silvania en el 97) cuando hicimos nuestro trabajo social “voluntario”. Entonces nos encomendaron la misión de clasificar el monumental arrume de libros antiguos que se amontonaban detrás de la biblioteca escolar. Se trataba de un rincón al que ningún estudiante del colegio había entrado antes. Los libros provenían de la antigua sede del colegio y se los había apartado para dar lugar a las ediciones más recientes Al rededor de esa montaña de libros nos encontrábamos todos los días y revisábamos en la penumbra viejas páginas como mundos esperando ser quemados en la hoguera de una nueva inquisición.

¿Quién sabe cuántos incunables tuvimos entre manos, sin saber que eran incunables? ¿O cuántos libros que parecían incunables, aunque no lo fuesen (no estoy seguro que es exactamente un incunable) Libros olvidados algunos escritos en Alemán o en Inglés, publicaciones del s XVIII,  XIX y principios de XX. Permanecer ahí, en esa bodega, una noche entera, hubiera sido de más provecho que los años que pasamos en las aulas.

Yo acaricié las cuidadosas antologías de la editorial Grolier Jackson, en especial una sobre relatos policíacos, prologado por un tal JLB, las iniciales de un ciego lector que me encontraría muchas veces en mi vida. Mi amigo encontró libros de arquitectura, artdeco, anatomía forense. Para facilitar la tarea de clasificación nos llevábamos algunos ejemplares a la casa y los devolvíamos con sus fichas de préstamos, listos para ser parte de la colección. Aunque sabíamos de sobra que la bibliotecaria, una mujer rancia como pocas, no pondría en circulación muchos de ellos por considerarlos raros y anticuados. Además la mayoría tenían hojas carcomidas por el tiempo, las polillas, o los hongos, que son devoradores consumados de libros viejos.

No tardamos en hacer nuestra primera fechoría, prometimos extraer en secreto libros que sabíamos no iban a ser del interés de nadie más que de nosotros, seguros que no había en las instalaciones del colegio otros desadaptados que pudiesen sentirse atraídos por títulos como: “Enfermedades mentales de las señoritas” “El sistema penitenciario alemán” “Los jardines de los príncipes del renacimiento” También hurtamos otros títulos más universales como “Los cuentos de la Alhambra” y alguna colección de expresionismo Alemán, porque su estado era lamentable y queríamos salvarlos de la ignominioso cuarto de basuras.

Eso que en realidad era un robo menor e inocente nos envolvió poco a poco en una trama más oscura de robo al interior de la Biblioteca. Un personaje siniestro que fumaba pielroja (el mismo parecía un pielroja) fue contratado para trabajar en la Biblioteca. Diez años mayor que nosotros, este personaje urdió el desfalco de libros más grande en la historia del Colegio. En su mochila arhuaca desaparecieron colecciones enteras, sobre todo de poesía y literatura hispanoamericana, recién adquiridas por la Institución. Claro, nadie sospecho de el recién llegado. Mientras los vendía en la Av Jiménez, o los cambiaba por hojas de hierba (y no me refiero a al libro de Withman) nosotros nos convertimos en los principales sospechosos del escándalo.

La coordinadora de disciplina al corriente de la situación  Llamó a nuestros padres. Conocí entonces a Denise y a Sinforoso, y él a Rita y Alberto, nuestros padres rogaron al unísono para evitar una inminente expulsión. No se cómo logramos seguir en el Colegio, creo que fue con más trabajos forzados en la biblioteca. Permanecimos un año más clasificando libros. Los dos coincidimos en que aquel era un oficio feliz. Nos enamoramos de un par de lectoras que visitaban la biblioteca  con sospechosa frecuencia y guardamos el secreto del ladrón de libros como tumbas,

A decir verdad ese personaje nos atraía mucho, proyectaba cierta malicia ya curtida, ya cicatrizada, que atrae a todo adolescente precoz, como éramos nosotros. Creamos una especie de club de lectura nocturno, en una casa  fantasmagórica de Chapinero, donde nuestro pendenciero amigo rentaba una habitación. La casa era propiedad de una logia masónica que se reunía los martes. Una noche de embriaguez, ad portas de nuestro grado, profanamos los objetos de la secta, usamos sus capas rojas, sus copas sagradas, sus pirámides y signos auspiciosos y nos vomitamos encima de todo ello. Al otro día la vida siguió su curso.  Al poco tiempo nos graduamos, entramos a la Universidad Nacional (una institución fundada también por masones) Hicimos parte de un manicomio llamado Facultad de Artes, aturdidos hasta la risa por nuestras experiencias con mujeres, marihuana, y clases alucinantes de Historia del Arte.

4. El fotógrafo.

Hace unos días quedamos para ir a Cine, a ver lo que fuera, en Av Chile se puede ir a ojo cerrado, alguna película de los “Hermanos Cohen” o  de sus incontables imitadores alrededor del mundo, en el peor de los casos coincidir con la última de Woody Allen, al fin y al cabo lo importante era vernos, qué más da. Tengo la mala costumbre de hacer esperar a los amigos. Una definición plausible de amigo: aquel al que puedes esperar por horas y cuando lo ves sientes que no ha habido espera alguna. A quien puedes hacer esperar horas y cuando llegas él esta  guardándote el puesto con una cerveza a medias. Me gusta mucho la canción de los Rolling Stone “Waiting for a friend” esperar y hacer esperar a los amigos es un pasatiempo recomendable. Subía la escalera eléctrica que da a la entrada del “Mutiplex” Allí  estaba mi amigo, sentado, en medio de las parejas de novios que van a Av Chile a ver películas que “los hagan pensar un poco”. Al final vimos una comedia británica,  pero eso no viene al caso. Mientras me esperaba, se había dedicado a ver las caras de las personas que llegaban al cine: cómo levantaban su cabeza para ver la cartelera, para encontrar el afiche de la película deseada. Gente mirando sus relojes, chateando en el smartphone,  esperando a sus citas, comiendo palomitas, haciendo gestos. Ese es su trabajo, asomarse a la vida de los otros. Me dijo que cada gesto es irrepetible, que las personas que llegan al cine hacen todas caras distintas. Todos van a cine por razones distintas, todos esperan algo de ese ritual de sombras, le dije.

Mi amigo podría tomar fotos todo el tiempo, de alguna manera lo hace, aunque no tenga lente. En definitiva  prefiere sostener una cámara a una conversación y con las fotos que toma le esta diciendo a uno exactamente “cómo esta”. No se si serán buenas o no, sus fotografías empezaron con un viaje solitario a una tierra sagrada, Machu Pichu, aunque frente a su Nikon todas las tierras lo son, hasta el sanitario de un bar. Su lente ha sido una laguna profunda en la que muchos amigos nos hemos mirado. Capitán de su barco, ha hecho con su vida lo que ha querido y para colmo de su libertad, se ha hecho a un lado para retratarla, sin pose, desnuda.

5. El ingeniero.

Después de los informes, de las reuniones en las que salimos victoriosos, de ajustar los sueños a la forma justa de los números, de graficar las ideas caóticas en un plano cartesiano, siempre queda tiempo para un brindis y para desocupar el bolsillo roto y pedir otra cerveza. Después del flujo de caja hay tiempo para hacer cuentas del amor, en el que a veces salimos en pérdidas. Siempre hay tiempo para darle un paseo a Juan Pa en el carro de mis padres  por la “Ciudad de la furia” que a el le tocará vivir en pocos años. Siempre hay tiempo para darnos cuenta que al corazón no se le puede hacer una hoja de cálculo. Ingeniero, estamos cruzando siempre una línea muy delgada, ojala nos quede risa (aunque no tengamos dientes) para cuando seamos viejos reírnos de todo esto.

Amigos, todos, los 5 anteriores y todos los que han sobrevolado conmigo  el desastre y la hermosura de esta vida. Tengo 30 años. Ya se que a los treinta Orson Wells había hecho ya su obra maestra, que Mozart se preparaba para morir tranquilo después de haberle dado sonido a los Planetas, que Picasso ya había hecho el amor a las señoritas de Avignon, que Einstein ya había demostrado que “todo depende” ¿Qué mas da? No somos célebres pero somos una, y lo voy a decir de muchas formas, “chimba, monda, verga, polla”

No creo en ningún político ni mensajero de Dios, `no creo en la divulgación científica, ni en las fórmulas de éxito, si he de ver mierda en las galerías, prefiero ver la de un amigo, no creo en nada de lo que se pueda decir ante un micrófono, pero creo en ustedes, gracias por todo.

 

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