Archivos para septiembre, 2013

Mi Encuentro con Mutis

Publicado: septiembre 23, 2013 en Semblanzas de malditos

No podía haber un mejor lugar que el Barrio gótico de Barcelona para encontrarme con Alvaro Mutis, el autor de la única novela de Gótico Tropical escrita jamás. Una tarde otoñal, en una encrucijada de esas que abundan en Barcelona, vi el perfil tranquilo de Mutis tomándose una cerveza helada. El primer escritor Colombiano que amé, el dueño de muchas noches de insmonio mías, nos abrió su mesa solitaria. Nos invitó a Lucia, a mi Madre y a mi a una copa de cerveza, mientras me contaba, como a un amigo entrañable, que su mujer Carmé, Catalana de origen,342_39359084781_1474_n estaba en el Corte Inglés haciendo compras de ocasión, actividad que él detestaba, por eso, literalmente, se le perdía por entre las callejuelas barcelonesas. Le dije que  en mi adolescencia había sido mi Verne, mi Salgari, a falta de estos autores en la biblioteca de mi Abuelo. Su poesía la conocí cuando descifraba mi adultez, El diario de Lecumberrí, el testimonio de su presidio, se lo susurre al oído a los presos de La picota, en un taller de literatura que dicté en el 2004.  El no le prestó importancia a esas historias. Le dije que algún día sería un autor tranquilo y feliz como él, escondiéndome de mi mujer mientras esta realizabaa las compras, se río y pidió otra cerveza más a su cuenta… Un minuto de silencio y una eternidad de Mutis

Después de haber visto “Psicosis”  cualquier hotel de Carretera era  para nosotros el de Norman Bates.  En especial aquel hospedaje a las afueras de Sogamoso donde pernoctamos dos noches.  “Los cristales” curioso nombre para una casa  con tan pocas ventanas. Yo había conducido durante todo el día así que agradecí  la superficie blanda de la cama para estirarme y dormir.  Aley abrio su equipaje y empezó a ordenar su ropa en silencio; cuando llegaba a un sitio nuevo acostumbraba  a sacar objetos del bolso y ponerlos encima de las mesas, era un gesto muy suyo desplegar sus cosas e instalarse en cada lugar de paso. “Para qué si sólo vamos a estar dos días”  le dije. “No me gusta que mis cosas estén encerradas en una maleta,  las cosas necesitan respirar”

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Sogamoso no tenía en ese entonces ningún interés turístico, estábamos ahí por otras razones.  Yo  seguía a Aley a donde fuera. Estaba enamorado.  Nunca supe con certeza por qué razón era mi novia, ni siquiera si eramos novios. Me dejaba besarla y hacíamos el amor a tal punto de hacerme creer que era un buen amante. Sobre todo lo haciamos en hoteles de carretera.

Hacía su tesis de maestria en estudios culturales sobre ” La balada romántica de los años 70s y 80s” y su trabajo de campo consistía en perseguir  a los cantautores de esa época, algunos ya retirados, otros todavía en frenética actividad musical, cantando con balas de oxigeno sobre escenarios de ciudades intermedias. Era un trabajo tan arduo como el de un cazafantasmas. En aquella ocasión le seguíamos los pasos a Nicola Di Bari, el último romántico, invitado por la Secretaría de Cultura de Sogamoso. Daría un concierto en el Coliseo de la Ciudad y al día siguiente nos concedería una entrevista.

Siempre me considere un tipo ridiculamente romántico, anacrónico sentimental, así que conocer a Nicola di Bari me producía curiosidad, además siempre había simpatizado con los italianos. Me dormí escuchando el sonido de la ducha , pensando en el anciano cantante caminando en la remota ciudad Boyacense.